


Hay una historia sobre un hombre capaz de reconocer el mundo entero con los ojos cerrados: el humo de una calle a la madrugada, la madera después de la lluvia, la piel de alguien a tres cuadras. Nada se le escapaba, y nada le alcanzaba. Lo que buscaba era una fórmula que detuviera el tiempo adentro de un frasco, y por ella cruzó media Europa hasta los campos de Grasse. Nosotros no llegamos tan lejos. Pero de esa obsesión nos quedamos con una sola idea: un perfume no se compra, se elige. Por eso olemos, discutimos y descartamos cada frasco antes de que entre acá. La lista queda corta. También queda siendo la única que recomendaríamos.
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